
Los incendios forestales contribuyen al calentamiento y la desertificación del planeta, provocan cientos de muertes, conducen a familias a la desesperación y la ruina y nos afectan cíclicamente, pero a lo largo de milenios no se ha sabido encontrar solución válida alguna porque siempre existirá un loco, un pirómano o un desalmado que convierta en inútil cualquier tipo de prevención.
No obstante merced a las nuevas tecnologías esa solución existe para un gran porcentaje de tales catástrofes porque si algo nos ha enseñado la experiencia es que el único enemigo capaz de vencer definitivamente al fuego es el agua. ¡Mucha agua!
Una vez comprobado que reciclar energía, resulta rentable nos encontramos con que una serie de grandes depósitos situados en alturas permitirían apagar de cualquier incendio forestal que se produjera en un área de unos treinta kilómetros a la redonda por medio de una red de tuberías que permitirían que el agua fluyera por su propia presión.
El coste de dichas tuberías se ha calculado un 8% de la inversión total y podría amortizarse con los beneficios de la compra-venta de energía aunque en buena lógica debería ser una parte del gasto a cargo de los organismos locales beneficiados.
Al final de las tuberías van colocadas unas “Torretas Telescópicas” que en el momento oportuno se elevan por la propia presión de agua hasta unos diez metros por encima de los árboles incendiados, enviando sobre ellos una lluvia instantánea que apaga el fuego. Si en esos momentos se continua bombeando para rellenar el deposito se acaba por “echarle el océano encima a las llamas hasta acabar con ellas”.
No importa que un incendio se apague con agua de mar; de hecho se esta empleando con aviones y helicópteros ya que los acuíferos padecen mas por culpa de las cenizas y residuos de un terreno calcinado que por una pequeña cantidad de agua salada.
Que en pleno siglo XXI se continúen apagando los bosques con escobas y mangueras de jardín con un saldo de incontables perdidas económicas y lo que es peor, de vidas humanas, resulta de todo punto incongruente.
Con lo que se gasta cada año en aviones y helicópteros se podrían evitar los incendios forestales al menos en un sesenta por ciento del territorio nacional.
Se ha comprobado estadísticamente que casi un tercio de ellos han sido provocados por rayos directos o “rayos latentes”, que son aquellos que mantienen su enorme energía a ras de tierra y que en un momento dado, siempre antes de cuarenta y ocho horas, pueden provocar que la maleza se incendie.
Si como parece ser eso es así, ¿cómo se entiende que hasta ahora nadie se haya preocupado de proteger los bosques con una tupida red de pararrayos integrados en el paisaje mientras se permiten antiestéticos generadores eólicos de cuarenta metros de altura?
Las torretas telescópicas cumplirán una doble función de cortafuegos y pararrayos que desvíen la energía a una profundidad en la que ya no pueda causar daño.
En el momento en que unos satélites artificiales que ya existen y que detectan de inmediato cualquier señal de fuego advierte del peligro, “El Centro de Control” envía una orden a las torres más próximas a semejanza de los sistemas contra incendios que se exigen en la actualidad a todos los grandes edificios.
Si nos las hemos ingeniado a la hora de proteger contra el fuego nuestras casas, ¿por qué no ponemos el mismo empeño en proteger a la naturaleza, que nuestra verdadera y única casa?
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